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Córdoba, Andalucía

 

En el marco de la XXV Jornada Mariana de la Familia, el 5 de septiembre de 2015, fue depositada esta imagen en Torreciudad arropada por el cariño de los fieles.

 

INFORMACIÓN SOBRE ESTA ADVOCACIÓN

La tradición más aceptada sobre esta advocación es que el gran reptil vivía escondido entre sus cañaverales del río Guadalquivir, de modo que en cada crecida del caudal no dudaba en acercarse a la ciudad y con ello sembraba el terror entre los cordobeses, ya que según las voces más atrevidas del pueblo atacaba a sus víctimas desprevenidamente y se las tragaba de una pieza. Sin embargo, con el animal se cruzaron dos amigos que solían salir juntos al campo, para cazar y para pescar en el Guadalquivir, casi siempre a un paraje cercano al Santuario de la Fuensanta. Uno de los amigos era cojo, y el otro era el cazador. Cuenta la leyenda que un día, Simón el cojo, se puso al borde de la corriente y echo el anzuelo. De pronto, el joven oyó un lamento como de un niño, se levantó para ver de dónde venía, pero no lo localizaba. Se fijó mejor y vio en medio del río y enganchado a su sedal un enorme pez que venía hacia él, nadaba despacito se le veían los ojos saltones y los fijaba en los suyos sin parpadear. Dicen que fue tan grande su miedo, que solo tuvo tiempo de recular sobre sus tullidas piernas y tratar de defenderse con la muleta. Ya estaba muy cerca el horrible animal, cuando Simón pudo gritar y llamar a su amigo. Este llegó al momento hasta donde estaba el pobre cojo acosado y entonces vio un enorme lagarto que se acercaba a Simón, amenazador y con la clara intención de comérselo. Sin pensárselo mucho, el amigo cazador disparó dos tiros en la cabeza al caimán y murió en el acto. La leyenda tiene detalles ciertos, como la crecida que inundó el barrio en el siglo XVI pero en la que «no hubo ningún caimán porque estos reptiles solo se encuentran en las aguas del Caribe».

La devoción de los cordobeses a la Virgen de la Fuensanta, Copatrona de Córdoba, se remonta al año 1420. Es entonces cuando un vecino del barrio de San Lorenzo, Gonzalo García, que tenía a su mujer enferma y a su hija loca, llega al «Pocito» que hay en la plaza de la Iglesia y se le aparecen unas personas que lo instan a coger del agua, que se creía curativa, para sanar a su familia, un hecho que generó entre los vecinos una corriente de religiosidad popular. A raíz de este acontecimiento, muchos años después un ermitaño que estaba al borde de la muerte, fue a la Fuensanta, bebió el agua y quedo sanado. El hombre pidió a Dios que le dijera por qué aquella agua lo había curado y fue el día 8 de septiembre oyó una voz que le dijo que en el tronco de aquella higuera salvaje que crecía junto a la fuente, había encerrada una imagen de la Virgen, que habían puesto allí antiguos cristianos, y que el árbol había cubierto con su madera para ocultarla de los moros. El ermitaño corrió a contar lo que había escuchado al Obispo. Este hizo cortar la higuera y allí apareció la imagen de la Virgen que se venera en el santuario. Por la creencia de que del pozo del santuario emanaba agua curativa, los fieles acudían con jarras de barro para sanar a familiares por lo que de ahí pudo originarse otro de los símbolos de esta festividad; las campanitas de barro blancas que aún siguen siendo el principal atractivo para los más pequeños.