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Puebla de los Infantes, Sevilla, Andalucía

 

Vecinos de la población sevillana de La Puebla de los Infantes ofrecieron una réplica de la Patrona de su localidad durante la celebración de la Jornada Mariana de la Familia celebrada el 13 de septiembre de 2007.

 

INFORMACIÓN SOBRE ESTA ADVOCACIÓN

El origen de la devoción de La Puebla de los Infantes hacia su Patrona, María Santísima de las Huertas, hay que buscarlo en el siglo XIII, tras la conquista por Fernando III y posterior “repartimiento” de Sevilla (redactado entre 1.253 y 1.260). En dicho repartimiento, a la aldea de Cañebolo se añaden más terrenos adyacentes, por orden de Alfonso X el Sabio, creándose una nueva población (= Puebla), a la que más tarde se va a nominar “de los Infantes”, pero que el rey Sabio siempre conservó para él.
Según estos versos, los cristianos por miedo a los moros preservan sus imágenes escondiéndolas en cuevas, tapiando los lugares de ocultamiento o intentando refugiarse con ellas en Asturias, que no está en poder de los mahometanos.

Decidieron esconder la imagen pero era muy grande. Fatigados con el peso de su prenda, por ser de crecida talla, se paran a descansar y arriman la imagen al tronco de un árbol frondoso de gran tamaño. En esto vieron cómo se acerca una partida de musulmanes y reconociendo el riesgo que entrañan para la imagen, piden a Dios que a ésta no le hicieran daño. Luego se divide el árbol y en su seno recibe a la imagen. Pasa el tiempo por más de quinientos años, hasta que las tropas de Fernando III conquistan la zona, y así los cristianos tienen el castillo de la Puebla. Los moradores del lugar se dedican a cultivar la tierra, y uno de estos labradores, devoto de la Virgen, con gran cuidado se empeña en formar cerca del árbol una muy afable huerta. Limpia la maleza que lo había rodeado, ya que el demonio se había ocupado de que aquel fuera un sitio no frecuentado por personas, aunque no consigue que así fuera, puesto que Dios inspira los trabajos del campesino. Una noche, éste sueña que el sol y la luna, escondidos en los muros de la Puebla, esparcen sus rayos alumbrando hasta la Esfera y él y todos los vecinos se postraban en adoración.

A la mañana siguiente se encamina hasta la iglesia y cuenta el sueño a su confesor, que lo da por cosa buena y le contesta que en algún sitio debe estar una imagen, escondida por algún cristiano en tiempos de la dominación árabe, aunque él por sí nada merece si Dios no lo dispusiera. El sacerdote despide al hortelano diciéndole que persevere en pedir humildemente al Señor le revele el sitio donde se encuentra. Al llegar a la huerta oye unas voces que le anuncian que la encontrará y el labrador pregunta sobre el momento y el lugar en que ocurrirá el prodigio, a lo que otra voz responde que lo encontrará dentro de un árbol.

Ante el júbilo y los sollozos de alegría del buen hombre, aparece de nuevo el demonio dispuesto a destrozar la huerta, procurando con espanto que el labrador la abandone; en esto aparece un ángel que le confirma que en la huerta aparecerá la imagen de la Virgen. Entonces el diablo viendo que fracasaba por esta parte, la emprendió con los mozos de la huerta, a unos dándole de palos y a otros sin ropa los deja, acometiendo con ímpetu infernal para destrozar el árbol. Al punto el ángel de Dios con espada vibrando lo expulsa de la huerta, quedando vigilante a la entrada de la misma. Vuelve otro día el labrador, que ha oído por el aire música acorde y discreta y pide a Dios le manifieste dónde se oculta su prenda. Una voz le responde que se acerca el momento, y así, el ángel, al que se han unido otros que cantan haciendo fiesta, se acerca al campesino. Pide que la naturaleza toda se transforme para recibir a su Reina y tomándolo de la mano, lo lleva hasta el árbol, hacia el cual se dirigen entre ángeles que cantan alabanzas. Ante el labrador que se arrodilla absorto, y observa la preciosa imagen a la que llamaron Virgen Santas de las Huertas.