«No dudes, hija mía»

2 de février de 2026

Ofrecemos un testimonio personal, transcrito tal y como lo ha contado su protagonista, en el que con gran naturalidad se muestra el convencimiento de la presencia de la Virgen María en la vida de su familia:

Enero de 2021. España estaba paralizada por la tormenta Filomena, la nieve caía sin tregua y la circulación por carretera se tornó incierta. Como cada año, yo tenía previsto ir a Torreciudad para participar en el retiro espiritual que hago cada año. Viajar desde mi ciudad, en el sur de la península, casi parecía una temeridad: trenes cancelados, rutas cortadas… Finalmente ese retiro se suspendió, pero aprovechando que la casa había quedado disponible, desde Zaragoza decidieron organizar uno. Me apunté casi sin pensarlo, sin saber muy bien cómo llegaría, pero con la intuición de que tenía que estar allí. Y contra todo pronóstico, llegué sin ninguna incidencia.

Por aquellas fechas mi hermano mayor contrajo el covid. Al principio los síntomas eran leves, como un resfriado. Nada hacía presagiar lo que vendría después. Como suelo hacer en los retiros, desactivé los datos del móvil para vivir esos días con más recogimiento, más silencio, más oración. Pero al día siguiente algo me inquietó: pensé que quizá era prudente volver a activarlos, por si mi hermano empeoraba. Y así fue. Empeoró rápido. Neumonía. Ingreso en el hospital.

Dos días después recibí la llamada de mi cuñada. Su voz lo decía todo antes de explicarlo: necesitaban un sacerdote. A mi hermano lo iban a inducir al coma. En ese instante todo cambió. El retiro dejó de ser como lo había imaginado. Mi oración se volvió sencilla, casi desnuda. Solo pedía por mi hermano. Cada rato, cada misa, cada momento de silencio, tenía un nombre propio. Y comprendí que aquel retiro, al que había llegado atravesando la nieve y la incertidumbre, no era el que yo había planeado, sino el que me había sido dado.

Pasaba largas horas ante la Virgen de Torreciudad. Me sentaba allí, en silencio, con el corazón encogido, y le imploraba la curación de mi hermano. No sabía rezar de otra manera: insistiendo, volviendo una y otra vez a su nombre, dejándolo todo en sus manos. De vez en cuando escribía. Siempre he tenido la costumbre de que, cuando rezo e intuyo que lo que escucho viene de Dios o de la Virgen, lo escribo entre comillas, como para distinguirlo de mis propios pensamientos.

Al regresar a mi casa y repasar las notas de mi libreta, me encontré con este texto escrito así, tal cual:

Conversación con mi madre, la Virgen: «No dudes, hija mía. Tu hermano saldrá y en menos tiempo de lo que imaginas. Está viviendo una experiencia de mi Hijo. Encomienda los frutos de este encuentro».

Nueve días después del ingreso de mi hermano en la UCI, despertó. Y lo primero que pidió fue que acudiera mi cuñada. Cuando llegó, mi hermano, todavía débil, la sorprendió con lo que empezó a contarle. Durante los días en los que había estado en coma decía haber visto tres veces a la Virgen. No lo relataba con exaltación, sino con una serenidad nueva, desconocida en él.

Mi hermano, que siempre había tenido un gran temor a la muerte, empezó a decirnos algo que se le quedó grabado: que debemos saber que la Virgen está siempre a nuestro lado en el momento de la muerte, que no estamos solos, que alguien nos sostiene cuando más lo necesitamos.

Desde entonces vive con una fe nueva, profunda, y con un amor sencillo y confiado a la Virgen. Está convencido de que sigue aquí en tiempo de prórroga, pero no como antes: ahora camina de la mano de María.

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