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Maricarmen nos cuenta un favor que le hizo la Virgen de Torreciudad al pedirle ayuda por la difícil situación profesional de su hijo.

Me llamo Maricarmen y tengo nueve hijos, de los cuales cinco son chicos. Han sido buena gente y uno de ellos es muy abierto y muy preocupado por sus amigos desde siempre. Se llama Sergio y ahora tiene 50 años.

Entre sus amigos adolescentes se volcaba en uno que le daba mucha pena porque era un desastre en los estudios. Según Sergio, la razón era que se habían separado sus padres y nadie le pedía cuentas de nada y siempre tenía dinero en el bolsillo. Tendrían los dos entonces 18 o 19 años. Ambos estudiaban Derecho pero en ciudades diferentes, y procuraban verse continuamente. Mi hijo conseguía venir los fines de semana y se lo llevaba a estudiar con él, a la biblioteca pública o incluso al despacho de mi marido. Aunque el resto de la semana su amigo vivía su vida, le hacía caso a Sergio, y por fin terminó la carrera. Como era un buen comunicador y excelente relaciones públicas, se metió en política y llegó a un alto puesto siendo muy joven. Sergio, con otro compañero, puso un bufete, se casó y vivía bien de su trabajo.

Al amigo le desbordó el cargo político y suplicó a Sergio que fuera con él como asesor. Casi todos le aconsejamos que no lo hiciera, pero el caso es que abandonó su despacho y se puso a trabajar con él. Al poco tiempo, empezó a pasarlo muy mal porque tenía que afrontar asuntos en los que su conciencia moral chocaba frontalmente con el ambiente en el que tenía que desenvolverse. Además, quizá por eso, se dio cuenta de que le «puenteaban», que se enteraba de las noticias por el periódico, cuando era él, su cargo, el que tenía que saberlas de primera mano. Un día la faena fue muy grande, y Sergio, al enterarse, dio un portazo porque tiene mucho carácter y se fue. No le quedó nada de paro porque fue voluntario y estaba en la calle, tenía que volver a empezar en el despacho y sacar adelante a su familia. Con orgullo de madre puedo decir que mi hijo es un fuera de serie, ya que hizo también la carrera de Historia, ha escrito libros y, sobre todo, es un cristiano de verdad: tiene una fe que se puede cortar. Lo que sucede es que es un Quijote moderno…

Yo, desde los primeros momentos que estuvo en ese cargo, le encomendé de lleno a la Virgen de Torreciudad, ya que en aquella época mi marido y yo éramos delegados. Estuvo nueve meses en paro. Un 2 de septiembre estaba yo en casa de unas amigas y una de ellas contó infinidad de favores que la Virgen de Torreciudad había concedido ese verano a las familias que habían pasado el mes de agosto cerca de su santuario. En el fondo de mi corazón le pedí a la Virgen: «¡Madre mía, Sergio!». Yo estaba en un lateral de la habitación, no había nadie a mi lado derecho. Y oí con toda claridad estas palabras: «¡YA ESTÁ!». Afirmó que las escuché con claridad meridiana. Miré a ver quién las había dicho y allí no había nadie, sólo la pared.

Seguidamente volví a casa y me abre Sergio la puerta. Me extrañó porque nunca venía a esas horas. Me abraza llorando y me dice: «¡Tengo trabajo!». En el momento en que yo había oído la voz, dos horas antes, le habían llamado para confirmárselo, y enseguida vino a nuestra casa con el contrato de trabajo firmado, porque le dijeron que fuera lo antes posible.

Su amigo, con el que Sergio volvió a tratar normalmente, es ahora, por casamientos familiares, muy pariente nuestro, y pasa largas horas con Sergio sobre todo cuando no le van bien las cosas.

Me encantaría si estas líneas sirven para algo. Para mí, mucho. ¡Gracias, Madre mía!