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Una mañana encontré sobre mi mesa, en mi lugar de trabajo, una cajita. La abrí y dentro contenía un rosario de san Josemaría. Nunca supe quien me lo dejó, en mi centro de trabajo el personal es ateo y todos negaron dejarme nada.

Desde ese momento, rezo el rosario cada día con ese ejemplar. Soy muy mariana, y sé que fue un regalo de Ella, de la Virgen de Torreciudad, y le doy las gracias.

A.