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Covadonga nos envía un breve y poético relato de sus impresiones después de estar en Torreciudad durante el pasado fin de semana.

El pasado fin de semana mi marido y yo nos escapamos a Torreciudad. Nuestros hijos podrían sobrevivir 36 horas sin nosotros. Después de un largo recorrido desde Gijón, con una lluvia incesante, llegamos a la explanada poco antes de que sonaran las 6 en las campanas del que, en aquel momento, intuíamos campanario. Una espesa niebla lo envolvía todo. Aún así, se respiraba paz. Me pareció haber llegado al cielo. Estábamos literalmente entre nubes. Reinaba una sensación de sosiego. Pero la Virgen nos tenía preparada una sorpresa. Al día siguiente, cuando volvimos, lucía una mañana espléndida, de cielo azul intenso. Y descubrimos la primera nevada del Pirineo, disfrutando de aquel espectacular entorno. Visitando la galería de las representaciones de la vírgenes peregrinas me di cuenta de que la Iglesia universal estaba allí representada toda. Imágenes de largas melenas rubias, castañas y morenas; de tez de porcelana blanca y color de caramelo y hasta más morenas que la de Torreciudad. Pero da igual la pena o el dolor que tengas porque todas ellas te acogen con las mismas manos. Y si vas a darle las gracias por cualquier motivo, también todas te sonríen. Al marchar de Torreciudad, te vas con pena de no poder quedarte más. Con ganas de volver. Pero, curiosamente, con el deseo de ser mejor persona; de cambiar un poquito. De animar a la gente a que vayan y lo vivan en primera persona. Creo que es la Virgen que nos tuvo en sus brazos. Ella hace de las suyas. Sí. En Torreciudad pasan cosas…