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Todos venimos a Ti a contarte nuestras penas, a llorarte las preocupaciones, a buscar en Tí consuelo. Pocos te damos las gracias por lo que hemos recibido o por tu generosa ayuda aunque no se haya cumplido. Pero yo quiero preguntarte Madre Mía, ¿Cómo estás, aquí en las alturas, cómo te cuidan estos angelillos tan graciosillos? ¿Qué piensas de tus hijos?
Pocas veces te he preguntado por tus cosas, por tus ilusiones, por lo que llevas en el corazón que tanto te hace sufrir, ni por esas lágrimas que tantas veces en silencio te he visto derramar…
Imagino y soy consciente de ello, que te damos mucha guerra, que todos te hablamos de mil cosas, que nos buscas a cada uno con especial cariño, que recorres el mundo para atendernos hasta en las cosas más insignificantes…¡Cuántas veces has tenido que dejar a Jesús al cuidado de alguno de tus hijos mientras has ido tras las huellas de alguno que por el camino nos hemos perdido! ¡Cuántas horas habrás pasado esperando que volvamos a los brazos de tu Hijo! ¿Cómo Madre no nos damos cuenta que tú también necesitas nuestros cuidados? Hacerte descansar un poquito, ayudándote…¡Qué fácil es pedirte cosas pero qué difícil es a veces ser colaboradores tuyos..
Dime Madre, con total confianza ¿Qué necesitas de mí? ¿Qué puedo hacer para aliviar tu carga, para no darte más preocupaciones? Habla con total sinceridad, no temas a dañar mi pobre corazón porque todo lo que me digas, lo entenderé porque siempre buscas mi bien.
Por lo pronto, deja que cuide de Jesús, que lo tenga un rato entre mis brazos mientras le dejo jugar un poquito con este corazón mío.
Madre, ¡Cómo sufres con cada alma! Pero qué suerte tenemos de tenerte como tal. Guías nuestros pasos hacia tu Hijo, nos haces mejores personas, nos das la oportunidad de aprender de Tí tu gran amor, tu humildad, el olvido de tí misma, la entrega generosa a los demás, la confianza en el Señor, el amor… Hay muchas cosas que admiro de tí pero me anonado ante tu fortaleza y valentía pues todo lo que has vivido, lo has vivido por amor y ahora que estás en los cielos, sigues demostrándolo. ¡No te rindes por ningún alma! ¡Nunca nos abandonas! Somos nosotros los que lo hacemos, los que te apartamos de nuestras vidas, los que no creemos en Tí…..¿Cómo no anonadarse y caer de bruces a tus pies?
Madre, ¡Cuéntame!…. ¿Son duros esos nudos para desatar? Muchos están atados con dolor, con rabia, con mucho genio y fuerza. Otros están atados muy flojos, que con el soplo del viento, hasta salen volando solos. Otros, están atados con gran ilusión y esperanza y otros están ocultos con sus miedos e inseguridades, rotos algunos por el paso del tiempo o por dejadez..
¿Cuánto tiempo dedicas Madre a todo esto? Siempre que vengo a verte, te encuentro con algunos entre tus manos. ¡Hasta Jesús juega con ellos, con tantos colores y los va deshaciendo como si nada!
Cuántas noches has pasado en vela hablando a Jesús de tu hijo, de tu hija, de la persona que está tan enferma, de esos novios que van a casarse, de esa muchacha que no sabe hacia donde caminar, de ese matrimonio que lucha por sacarlo adelante, de tantas almas que piden a gritos una conversación profunda y no se dejan. De esos niños que mueren indefensos antes de nacer, de la guerra en el mundo, el hambre y de tantas historias inacabables….
¡Tu amor de Madre es inexplicable!
Madre, ¡Cuéntame!