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Madre, acógeme en tu regazo,
aúpame hasta tus brazos
y estréchame fuertemente contra tu pecho.
Necesito oír tus latidos,
esos latidos encendidos,
los que calman el alma
ahora tan perturbada.
Como una niña de pecho
lloro mis penas sin consuelo
mientras tú me meces con tanto cariño…
No puedo expresar mi dolor
pues no hay palabras para ello
pero tú conoces todos mis gestos
arrullándome con tanto amor…
No hay dolor en el alma
que estando contigo se resista.
Siempre quieres complacerme
aunque muchas veces te cueste.
Quieres verme feliz.
Quieres que deje de sufrir…
Por eso me pides tan a menudo
que me siente aquí contigo.
Te abrazo con fuerza de nuevo
y te digo muy bajito al oído:
gracias por ser mi Madre,
gracias por quererme como me quieres.
Y no puedo evitar mirarte a los ojos
y decirte con esa mirada:
¡Perdóname Madre, perdóname!
Brotan lágrimas cristalinas
que con dulzura recoges
para más tarde guardarlas
en lo más hondo de tu corazón.
Haces tuyo mi dolor para así liberarme
y solo una cosa me pides:
«Confía siempre en mí, mi pequeña
que siempre haré mías
todas tus penas y alegrías».
¿Qué Madre hace esto por su hija?
¿Por una hija tan descarriada?
Una Madre como tú
que solo busca para mí, lo mejor.
Una Madre que sueña con que algún día
su pequeña «crezca en la vida»
sabiendo que nunca se olvidará de Ella.
Y yo te pregunto Madre Mía:
¿Por qué eres tan buena?
¿Por qué me besas en la frente
y con los brazos abiertos
siempre me esperas?
Sabes que no te merezco
pero que siempre a mi lado,
¡te necesito!
Has sacado a tu pequeña del llanto
y una pequeña sonrisa le has robado.
Su alma has calmado
y te doy las gracias por ello.
¡Gracias Madre Mía!
¡Gracias de todo corazón!

P.D: Gracias por poder cumplir mi promesa el martes de ir a verte y agradecerte el milagro que me concediste.