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Tuve durante unos días la capilla domiciliaria de la Virgen de Torreciudad en mi casa. Al entregarla a la siguiente familia me puse triste, como si no hubiera querido que se fuera. Y pienso «tenía que haberla mirado más, no sé si he aprovechado su estancia en mi casa». Pienso en las circunstancias difíciles que hemos tenido esos días en la familia y todo se ha ido solucionando. Noto su presencia y la pongo en un sitio de paso para verla más a menudo. Hago oración delante ella.