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Ayer fui a Torreciudad. Lo primero que tengo que decir es que, efectivamente, hubo una transformación en mí en el sentido siguiente: el conductor se quedó dormido unas milésimas de segundo mientras subíamos y me di cuenta de lo importante que es la vida. La estancia ahí es impresionante, tanto el entorno como el recinto y el templo, la cripta, la inmensidad de vírgenes y, sobre todo, haber hablado con el rector me llenó mucho. Los 40 confesionarios, aunque casi todos vacíos, me impactaron también muchísimo.