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Un día aparecí por el santuario de Torreciudad. Pedí concelebrar la Santa Misa. Me atendió don Javier, hombre sencillo y cordial. Acabada la Eucaristía departimos en una conversación donde tocamos todos los temas humanos y divinos. A lo largo del diálogo me quedé impresionado por la experiencia personal de un hombre del mar anclado en la tierra del santuario mariano. Cuando, con sorna, le dije cómo conciliaba su vocación marinera con la de cura, contestó con rotundidad: «Estoy al frente de un barco, cuya insignia es la Estrella matutina, a donde llegan muchas personas como tú.» Lo saludé y seguí mi camino hasta Lourdes. Descanse en paz.