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Buenos días, me llamó Arantxa de Alfonso. Tengo 20 años y soy tozalera desde que nací.
Primero de todo quiero dar las gracias por el maravilloso artículo, esto segura de que le ha encantado desde ahí arriba.
No soy muy de escribir anécdotas de la gente y mucho menos personales, pero al leer el artículo he sentido que tenía que hacerlo.
Don Javier, para mi, como para muchas personas, fue el «abuelo» del que no pude disfrutar en su momento.
Lo conocía desde que empezó su rectoría en Torreciudad aunque yo solo tuviera 2 años. Desde el principio no fue un sacerdote cualquiera, personalmente fue un escudo de protección al que acudía escondiéndome debajo de su sotana.
Recuerdo que durante las misas de domingo me enseñaba secretos del santuario para no molestar en misa y que mis padres pudieran participar bien en ella.
Años más tarde, las charlas y confidencias compartidas, tanto en persona o vía email, eran constantes.
Recuerdo una vez que, con El Centro del Opus Dei de Barcelona, Bonaigua, viajamos a Torreciudad a una convivencia de estudio. Queríamos confesarnos pero no sabíamos si habían sacerdotes confesando y la directora del centro me pidió que se lo preguntara a Don Javier. Por inercia me dirigí a el hablándole de usted y me soltó un bofetón, por hablarle de usted, en medio de la explanada con todo mi centro mirando que lo voy a recordar toda la vida.
También recuerdo un verano en el que estaba demasiado adolescente y rebelde que me dijo: «tienes todos los medios para ser feliz. Como no hagas todo lo posible para serlo, te llevas un guantazo»
Toda mi vida había querido que él me casara, y eso que tengo la gran suerte de tener un hermano en el seminario, y cuando enfermó lo primero que me dijo, y que me repetía cada vez que me veía, fue: «no te preocupes que me moriré una semana después de casarte».
Una de las últimas veces que le vi fue en una charla que dio a los tozaleros. Yo venía de la piscina y como no me había dado tiempo de cambiarme quería pasar desapercibida pero en cuanto me vio me dio un abrazo enorme delante de mucha gente y volvió a repetirme la gran frase de mi boda.
Cuando me enteré que había fallecido lo primero que me vino a la mente fue que ya no podría casarme pero me he dado cuenta de que si que lo hará, pero de una manera diferente.
Siempre voy a tenerle presente en mi vida y ahora tengo un GRAN angel al lado del Jefe para ayudarme.
Gracias por todo lo que me has enseñado y lo que seguirás enseñándome desde el cielo.