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Conocí a Don Javier Mora-Figueroa no personalmente sino a través del matrimonio de Margarita y Germán, dos delegados del Santuario, quienes me hablaron de este sacerdote que había servido, como buen hijo de San Josemaría, muchos años en el Rectorado de Torreciudad. Se ve que tenían una gran amistad, con todos sus ingredientes. Un detalle que me llamó mucho la atención del trabajo de Don Javier, relatado por Margarita, fue su ternura y cercanía con los niños que querían acercarse a la Virgen de Torreciudad: no los apartaba ni ahuyentaba, los acogía y con explicable «complicidad» los llevaba a la Virgen Morena. Tenemos un intercesor más en el Cielo.