Skip to content Skip to footer

Se me acaban de saltar las lágrimas viendo y recordando esos lugares tan entrañables para mí, donde tantas veces te fui a ver, a visitar, a amar, a profesarte; donde con cariño recuerdo a San Josemaría enfermo de pequeño visitándote, madre. En esa capilla me enamoras. Puedo estar ahí, de rodillas, horas y horas. Cristo vivo y a la vez tranquilo, ante el sufrimiento y el dolor parece no afectarte la pasión. Sonríes y parece ya no haber penas. ¡Cómo quisiera estar ahí para recargar fuerzas! para que se me hinche el alma y, seguramente, se me salten las lágrimas. Allí te prometí tantas cosas, y Tú me las prometiste a mí. Ahora, pasados los años, parezco haber olvidado tantas promesas. El pasado me parece tan lejano que está empolvado; como si fuera un sueño que nunca existió. Las palabras empolvadas parecen desvanecerse, las heridas y los pies cansados se adormecen. ¡Sopla, Madre, y quita esa capa de arena, de suciedad que se me ha metido en los ojos y el corazón! Dame un abrazo tan fuerte, que se rompa esa piedra ennegrecida de mi interior. ¡Hazme barro de nuevo, moldéame, Alfarero! Quiero sentir Tus dedos; quiero volver a ser feliz; poder sonreír en estos tiempos, en estos mundos tan lejos de Ti. Que ese calor que alumbra toda la explanada, llegue hasta aquí, Alemania y borre el frío en las mentes y en las miradas ¡hazme volver a estar enamorada! Quiero volver a decirte que sí, volver a olvidarme de mí… olvidarme aún más. Quiero volver a darte mi vida, pero no me la devuelvas, sino es para Ti, para ser de nuevo feliz, poder volver a sonreír, poder sentirte muy cerca de mí ¡y en todo momento! Ya sé que es mucho pedir… pero si no, yo sola no puedo.