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Madre mía, ¡cuánto te quiero! Ayúdame a quererte cada día más y a nunca olvidarme en volver a ti para darte las gracias por todos los favores conocidos y desconocidos. Hoy lo hago para rememorar lo que aconteció en la explanada el día de la Jornada de las Familias de 2012. Mi marido y yo pusimos todos los medios y tú obraste el milagro: mi aita se confesó tras 35 años sin hacerlo. Desde esa fecha, la enfermedad neurodegenerativa avanzó rápidamente y al cabo de tres meses de lo que aconteció en la explanada, mi padre perdió el habla en su totalidad y la parálisis se extendió por todo el cuerpo. El pasado 23 de agosto, hace tan solo tres semanas y tres días, te lo llevaste junto a tu Hijo y junto a Ti tras un viaje espiritual precioso que mi aita ha ido recorriendo recibiendo todos los Sacramentos, apoyándose en la Eucaristía de los domingos y en todo lo que le he ido susurrando al oído para que encontrara fuerza y paz para aceptar la enfermedad y seguir caminando. ¡Qué valentía y humildad la de mis padres en esta última prueba de la vida de mi aita que tu Hijo ha permitido para ellos! No dejo de hablar con mi padre desde que está ya contigo y sé que él está feliz junto a tu Hijo y junto a Ti. En este mismo momento y por la eternidad, viviendo y gozando del Amor de Dios, comprendiendo los misterios de la vida y sabiéndose amado por Ti como yo le dije el domingo 4 de agosto de cómo nos quieres a cada uno: «Si supieras cuánto te amo, llorarías de alegría». A mi aita se le iluminaron los ojos al pensar que Tú eres capaz de amarnos así. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.
No te olvides de los dos asuntos que tenemos pendientes entre manos y que le pido a mi aita que te pida con insistencia: ¡Obra los dos milagros!
TE QUIERO, MADRE MÍA.