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Madre, yo quisiera ser
la locura de este verso
para llevarte en el alma
por vivir en ti inmerso.
Quiero ser Tú, Madre mía
-no me conformo con menos-
amándote día a día,
siendo tu imagen, María,
de tu semejanza lleno.
Quiero menguarme y que Tú
crezcas en lo que yo menguo
pues Santa Madre de Dios
quiero ser por ser tu templo.
Santa Virgen de las vírgenes
sean mi alma y mi cuerpo,
por llevarte, mi Señora,
tan enamorado dentro,
que, como Tú, quiero ser
madre de Cristo, y por serlo,
madre de divina gracia
-aunque pecador me veo
y ser pecado es lo mío-
mas, para quererte sueño
que siento tu señorío
cuando, como otro Pedro,
en tus brazos de perdón
-Madre de la confesión-
torno a la senda de nuevo
queriendo, Madre purísima,
como tu hijito pequeño,
ser de ti, Madre castísima
tu virginal vivo ejemplo.
Y si Tú, sol de mi alma
ves mi corrupción y cieno,
mira que desde mi barro
quiere crecer el deseo
de consagrarme por siempre
como el esclavo perpetuo
de tu ser inmaculado
que es amable al Eterno:
¡Admirable maravilla
del Trinitario consejo!
que al verte cabal reflejo
donde todo su Amor brilla,
Creador, a ti se humilla
¡y por Madre te proclama!,
que más puede Quien más ama,
y, omnipotente el Amor,
en Trilocura de Dios
humildado en Ti, se humana.
Y al igual que engendraste
al Salvador en tu seno,
hágase en mí tu prudente
“Fíat” que tanto venero,
que si al cielo es alabanza
es para la tierra, cielo.
¡Ay, no me dejes!, María
porque soy débil y temo
que sin tu poder clemente
no seré jamás espejo
de la justicia del Justo,
sino de la que merezco.
Tenme ante tu trono, Madre,
y sé mi luz y maestra
pues en Ti, Mamá, se muestra
la sabiduría de Padre.
Causa de nuestra alegría,
vaso que la sed deshace,
cáliz, tan digno de honor,
que Su Sangre es Tu Sangre.
Pilar de mi devoción.
rosa mística suave,
fuerte torre de David
ejemplo de mis combates
por tu obediencia en la Cruz
-dolorosa stabat Mater-
Torre de marfil preciosa:
¡Salve! Estrella de los mares.
Hogar donde se acrisola
tu oro de amor de Madre:
quiero, como Tú, curar
las heridas de la carne
que el Cuerpo Místico sufre:
¡es carne que Tú encarnaste!.
Sí, Madre, aunque sea osado
y mis palabras traspasen
lo que mis obras no cumplen:
quiero amarte, y quiero amarte;
amarte de obra y palabra
como Tú, Mamá, amaste:
siendo de palabras justa,
desde tus obras colmaste
la esperanza de los hombres
y el gozo de los arcángeles.
Y…y…yo quisiera ser Dios
para poder contemplarte
cómo Él miró a su esclava
para en tu vientre amadrarse.
Arca de las alianzas
antigua, nueva y eterna
cumple en mí mi sueño orante
de hacerme uno contigo,
como Cristo es en Papá,
como eres Tú en el Hijo;
y siendo Tú en mí, seré
puerta para entrar al cielo,
y estrella de la mañana,
y salud de los enfermos…
¡Madre!, ¿será esto locura?…
aunque para “loco” el Padre
cuando quiere, puede y manda
su Espíritu a desposarte,
y hace de Ti santuario
donde tu Hijo-Dios acampe.
Déjame que mi locura
en tu refugio se ampare,
de tu ejemplo se alimente
y de tu fuerza, yo saque
bríos contra el hombre viejo
que en mi fango se debate.
Madre del dolor fecundo,
consuelo en las aflicciones,
auxilio de los cristianos,
guía de los confesores.
Reina de los patriarcas
y emperatriz de los ángeles
que en comunión con los santos,
los profetas y los mártires
te cantan cual yo quisiera
-como espero un día cantarte-
como mi Reina y Señora,
Madre de Dios y mi Madre,
sin pecado concebida
de belleza incomparable;
¡Nunquam satis!, ¡ay!, de Ti
corredentora inefable;
por tu Asunción, garantía,
primicia de nuestra carne.
Medianera o