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El que fuera rector del santuario desde 1998 hasta 2015, Javier Mora-Figueroa, ha fallecido esta madrugada en el Hospital de la Princesa de Madrid a los 75 años de edad. Su débil estado de salud no ha podido superar una infección respiratoria. En Torreciudad el funeral será este sábado 18 de marzo a las 13:15 h. Ofrecemos una breve y emocionada semblanza.

Pintar un cuadro requiere tiempo, especialmente si es un retrato. Lo mismo que escribir una biografía. Por eso ahora solo puedo describir algunas delicadas fragancias, las que dejó don Javier en Torreciudad a lo largo de tantos años. Son aromas que recuerdan aquel «buen olor de Cristo» del que escribió san Pablo, y solo pretenden mostrar algunos indicios de lo que albergaba su gran corazón.

Hay algunos enlaces en este texto, para el que quiera conocer más a fondo sus aportaciones pastorales y teológicas. Y también pedimos testimonios: puedes ESCRIBIRLOS AQUÍ, porque esperamos recopilar unos cuantos; muchas personas quieren contar su experiencia.

Don Javier era un socarrón, o sea, capaz de finas ironías con apariencia de ingenuidad. Como era fácil confiar en él, podías enseguida hacerle bromas para «picarle» un poco y que respondiera con su característica agudeza. Una vez me preguntó qué tal iba un asunto que me había encargado esa semana, y para chincharle le dije: «Seguimos avanzando, como dijo el Ché Guevara». Y él, sin inmutarse, me dijo: «Así me gusta, que cites a los Padres de la Iglesia…». Carcajada monumental… y a seguir trabajando. La verdad es que nunca logré captar en una fotografía esa sonrisa de pillo que ponía cuando quería aprovechar el buen humor para relacionarse con los demás. Supongo que fue porque quedaba reservada a sus destinatarios.

También es cierto que en otras ocasiones recibía de su propia medicina. Era fácil enervarle aplicando el vocabulario referido a la conducción de automóviles a la navegación marítima. «Don Javier, entonces ¿cómo se aparca un barco?» le decíamos algunas veces. «¡Un barco no se aparca, se atraca, pedazo de…!». «¿Cuánto tarda un navío en girar a la izquierda, don Javier?», «¡Un navío no gira a la izquierda, vira a babor…!». Y así sucesivamente.

De él aprendí a reaccionar ante las adversidades «medianas» de la vida, por llamarlas de alguna manera. Después de la inauguración de la exposición itinerante de Torreciudad en La Coruña, volvíamos los dos en avión hasta Madrid para coger el AVE en dirección a Zaragoza. Varios retrasos acumulados hicieron que llegáramos a la carrera al andén de la estación de Atocha. Fue una loca carrera de pasillos de aeropuerto, taxis, pasillos de estación, y él mostrando una agilidad y una determinación asombrosas, porque yo ya había tirado la toalla. Con 30 segundos de tiempo, pudimos coger finalmente el tren y fuimos recuperando la respiración. Sin embargo, un pequeño error entre la izquierda y la derecha del andén nos había metido en el AVE que iba en dirección… a Alicante. Pudimos bajarnos unos 250 km. después, en la primera parada que hizo, de modo que nunca un viaje La Coruña-Torreciudad ha durado tantas horas. La primera reacción fue de enfado, como es lógico, pero su serenidad y sentido práctico para aprovechar el tiempo esa tarde-noche fueron toda una lección para mí.

Amaba la música clásica, impulsó decididamente la actividad del Ciclo de Órgano de Torreciudad y eran memorables sus introducciones a las actuaciones: breves, bien preparadas, glosando de mil maneras distintas cómo la música puede acercar a Dios. Escribió un precioso artículo sobre este tema y muchos intérpretes recuerdan los ratos que pasaba durante los ensayos escuchándoles desde un banco cuando se lo permitía su trabajo. Era él quien arrancaba los aplausos de los fieles después de la Vigilia Pascual cuando la Coral Oscense interpreta el extraordinario «Aleluya» de Haendel.

Le gustaba mucho leer, obras de teología y de buena literatura. Tenía especial debilidad por los libros escritos por el escritor inglés Patrick O’Brian, alrededor de veinte novelas náuticas en las que disfrutaba por la extraordinaria precisión técnica del autor y su ambientación histórica y marítima. Se sentía transportado a sus experiencias profesionales de hacía décadas.

Y también le gustaba escribir, sobre todo gozaba cuando tenía algo de tiempo para investigar y realizar aportes de interés para la mariología. Por ejemplo, en la revista Scripta de Maria firmó artículos sobre Ronald Knox, John Henry Newman, J. B. Bossuet, el beato Palafox, la mariología anglicana, y G. K. Chesterton en dos ocasiones.

Se desenvolvía bien ante la cámara. Por ejemplo, pueden verse entrevistas suyas en la televisión local de Málaga y en el canal 13 TV cuando estuvo en Torreciudad.

También amaba su sacerdocio. Le he visto acudir a su cita con el confesonario y con el culto con ganas o sin ellas, fresco o agotado, derrochando entusiasmo o disimulando como podía su malestar físico, cantando o en silencio. Pero siempre pensando en las almas. Eso sí, «su» confesonario no se lo quitaba nadie, porque para él significaba mucho: era el que había utilizado san Josemaría Escrivá en 1975 con el beato Álvaro del Portillo.

Se ganó el cariño de muchísimas personas, de todas las procedencias, ideologías e incluso creencias. En estos dos últimos años me he encontrado en actos y eventos a gente de lo más variopinto que me hacía la misma pregunta: «Oye, ¿qué tal está don Javier?». Periodistas, camareros, políticos, electricistas, emprendedores, jubilados, sacerdotes, sindicalistas, alcaldes… Todos encontraron en su corazón un lugar en el que ser respetados, comprendidos y acogidos, sembrando siempre en su interlocutor el deseo de tratar a Dios como Padre.

Y amaba a la Virgen. Escribió sobre Ella con rigor y con pasión, con cariño de hijo pequeño. Ahí está Como una torre, María, nuestra estrella o La sonrisa de la Virgen, en el que plasmó con maestría ese gesto amable que, a pesar de su hieratismo, tiene la talla románica de Nuestra Señora de Torreciudad. Cuando le entrevistaban afloraba con sencillez ese gran amor a la Madre de Dios.

A él le debemos algunas de las mejores anécdotas referidas a los favores que Santa María ha concedido en este santuario. ¡Quién no se ha reído con aquella de las «cocretas» o aquel «le toca a usted»! (Y si no las conoces, pregunta). Siempre decía que la Virgen tiene mucho sentido del humor a la hora de ayudar a sus hijos. Y todos tenemos la íntima persuasión de que, en efecto, ya le está sonriendo cara a cara en el cielo.

Pedro, el actual rector, ha estrenado hoy el libro de firmas colocado delante del presbiterio del templo junto a una fotografía grande de don Javier. Creo que lo que ha escrito resume muy bien nuestros sentimientos y que podemos unirnos perfectamente a su petición:

Querido D. Javier: me imagino el tremendo recibimiento que le ha hecho la Virgen en el cielo: seguro que usted tiene allí un «enchufe» enorme. Pida por nosotros cosas grandes a la Madre de Dios. Pida por mí, que yo sea un buen rector y que la Rectora esté contenta conmigo. Millones de gracias por todo.

Pedro. 14.III.17