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Talavera de la Reina, Toledo, Castilla-La Mancha

 

El 7 de octubre de 2017, varios matrimonios de Talavera de la Reina (Toledo) peregrinaron a Torreciudad, renovaron aquí su compromiso matrimonial y dejaron una cerámica, típica de su localidad, con la imagen de su Patrona.

 

INFORMACIÓN SOBRE ESTA ADVOCACIÓN

La Virgen del Prado es la patrona de Talavera de la Reina, cuya festividad se celebra el 8 de septiembre. Se trata de una imagen barroca, de escuela valenciana, tallada en madera policromada por los escultores levantinos José María Rausell y Francisco Llorens. No existe certeza de la fecha exacta del inicio de la veneración a esta advocación en la ciudad de Talavera de la Reina, aunque es una de las imágenes más antiguas de la Archidiócesis de Toledo. La teoría y/o leyenda más extendida acerca del origen de la imagen asevera que fue un regalo a Talavera del rey Liuva en el siglo VII. Sin embargo hay quienes creen que es un regalo de San Ildefonso a Talavera como premio por los servicios prestados por esta ciudad en contra del arrianismo, que defendía que María era madre de Cristo hombre, pero no era madre de Dios. El arcipreste Juliano afirma que la Virgen del Prado «era muy estimada de San Ildefonso» y Pedro de Villarroel, escribano de la ciudad, repite la devoción que San Ildefonso, arzobispo que fue de Toledo tenía a la Virgen del Prado, y que vino a visitarla varias veces a Talavera de la Reina.

Es muy interesante el historial de la Imagen de la Santísima Virgen del Prado relatado por escritores de distintas épocas. Antiguos documentos hallados en los archivos parroquiales de Santa María del Prado (Ciudad Real) y en los de Velilla de Jiloca (Zaragoza), testifican la veracidad de esta leyenda. No se sabe que autor alguno haya tratado históricamente el origen de la venerada imagen de la Virgen del Prado, hasta bien entrado el último tercio del siglo XVI. Según estos historiadores, allá por el año 1013, Mosén Ramón Floraz, caballero aragonés, gran servidor y privado del rey don Sancho el Mayor, de Navarra, al llegar a las cercanías de Velilla de Jiloca, lugar de Aragón, el caballo en donde venía, se le hundió una pata junto a una fuente en donde había llegado a beber. Queriendo Mosén Ramón ayudar a su brioso corcel, vio cómo el caballo con sus patas había dejado ha descubierto un gran hueco. Extrañado el caballero, quitando con su daga las piedras de alrededor descubrió una gran cueva como edificio antiguo. Atraído por la curiosidad penetró en el subterráneo encontrándose, en un nicho en la pared, una preciosa imagen de la Virgen María, sentada a forma de matrona romana, con un Niño sobra las rodillas y con un pergamino escrito en latín antiquísimo en donde se decía qué imagen era aquella y en qué tiempo se había puesto en aquel lugar. Se trataba de la imagen de la Virgen de los Torneos que había sido soterrada, tres siglos antes, por devotos cristianos, para librarla de la invasión agarena.

Con la admiración natural por el feliz hallazgo, postrado de rodillas en fervorosa oración, nuestro afortunado caballero estuvo un buen rato sin atreverse a tomar la venerada Imagen. Repuesto, y considerando que el suceso no carecía de misterio, y movido, quizás, por una gracia celestial, determinó sacar la imagen de aquel lugar y llevarla al rey don Sancho, su señor, por considerar estaría más reverenciada en el poder del Monarca. Sacó Fioraz la santa efigie lo mejor que pudo y la puso encima de su caballo con intención de dirigirse hacia Velilla y preparar allí su viaje. El caballo se niega a caminar en esta dirección, no sirviendo de nada ni las espuelas del caballero, ni la fusta que maneja con la diestra. Ante el temor de que con el castigo se encabrite el noble animal y ocasione a la imagen algún mal, lo deja en plena libertad, y entonces, manso el corcel, conduce al caballero hacia un lugar llamado Daroca en donde manda construir una valiosa caja que sirva de estuche a tan preciada joya y poderla así transportar con más decoro y comodidad.