Skip to content Skip to footer

Sìluva, Lituania

 

El 8 de abril de 2007 varias familias lituanas residentes en Fraga (Huesca), depositaron este cuadro que representa la aparición de la Virgen de Sìluva. Posteriormente, el 1 de noviembre de 2009 fue entronizado un icono, con ocasión de la 1ª Jornada de familias lituanas en Torreciudad.

 

INFORMACIÓN SOBRE ESTA ADVOCACIÓN

En la población de Šiluva, Lituania, se venera en la Basílica de la Natividad de la Virgen María una Imagen Milagrosa de la Virgen con el Niño en los brazos, conocida como Nuestra Señora de Siluva. La primera iglesia en Siluva se fundó en 1457, cuando un noble llamado Petras Gedgaudas, al servicio de Vytautas el Grande, donó a la Iglesia Católica el terreno y los medios para construir un Templo en honor de la Virgen. En uno de sus muchos recorridos fue a Roma y obtuvo una pintura magnífica de la Virgen María que sostenía al Niño Jesús. Trajo el cuadro a Lituania y lo puso en la nueva iglesia de Siluva. Por varias generaciones los fieles adoraron a Dios y honraron a Su Madre María en ese Santuario. En 1532 la Reforma protestante llegó con fuerza y rapidez a Lituania, empezando por la nobleza. El entonces gobernador local se hizo calvinista y en las décadas siguientes, muchas iglesias católicas fueron confiscadas y cerradas. En aquellos años el párroco de Šiluva, escuchando lo que sucedía, envolvió cuidadosamente la pintura de la Virgen María, diversos objetos sagrados, y los documentos referentes a la fundación del Santuario Mariano, que probaban que Vytautas el Grande había dado la tierra a la Iglesia Católica, y los puso en un baúl. Después lo enterró cerca de una roca grande. Su acción fue de verdad inspirada porque un corto tiempo después las autoridades tomaron la iglesia. Pasados ochenta años, los fieles católicos, sin pastor y sin guía, habían ido desapareciendo gradualmente. Solamente algunos de los más viejos recordaban que había habido una Iglesia Católica en su aldea. Los niños crecían en el credo calvinista, cuando en 1608 ocurrió una Aparición de la Santísima Virgen, llamándolos a volver a la verdadera adoración de Su Divino Hijo.

El más antiguo testimonio, puesto por escrito en 1651, lo cuenta así: Unos pastorcitos de los alrededores, mientras cuidaban su rebaño, cerca de una gran roca, repentinamente, uno después del otro, se quedaron quietos mirando fijamente en la dirección 2 de la gran piedra. En el silencio, podían oír un fuerte llanto. Entonces los niños vieron una Mujer joven, hermosa, que estaba parada sobre la roca y sostenía a un Bebé en Sus Brazos. Una Luz extraña rodeaba a la Mujer y al Niño. Ella lloraba amargamente. Tan profusas eran las Lágrimas que rodaban por Sus mejillas, que salpicaban sobre la roca. Ella no habló, pero les miró con gran tristeza, como si Su Corazón se rompiese. La Mujer vestía un traje azul y blanco, diferente de cualquier vestido conocido por los niños. Su pelo largo, marrón claro, caía sobre Sus hombros. Tan asombrados estaban los niños que no podían hablar. El asombro pronto dio paso al miedo, cuando la Mujer desapareció con Su Bebé, tan misteriosamente como había aparecido. Entonces todos comenzaron a hablar excitados sobre lo que habían visto. Uno de los muchachos fue corriendo al pastor calvinista de Šiluva y le contó lo que habían visto. Él se acercó al lugar, junto con otro pastor. Los dos también vieron a la joven Mujer y Le preguntaron: ‘¿Por qué llora usted?´ En una voz llena de dolor, Ella contestó, «Había una época en que Mi amado Hijo era adorado por Mi pueblo en este mismo lugar. Pero ahora han dado este suelo sagrado al arado, a la siembra y a los animales de pasto.» Sin otra palabra, Ella desapareció. La noticia sobre la Aparición se difundió con rapidez. El Obispo Católico mandó a un canónigo para investigar lo ocurrido. Intentó localizar el sitio exacto de la antigua iglesia y los documentos acerca de su fundación, como recurso para poder recuperar la propiedad. Llevaron al campo al único que sabía dónde estaba enterrado el baúl, un anciano ciego, antiguo sacristán de la primitiva Iglesia Católica, que vivía en una aldea cercana. Unos ochenta años atrás, él había ayudado al párroco a enterrar el baúl, con los tesoros de la iglesia, junto a una gran roca. Los aldeanos lo condujeron al campo de las Apariciones y tan pronto llegó al lugar su vista fue restaurada milagrosamente. Cayendo de rodillas con alegría y gratitud, él señaló el punto exacto donde el cofre había sido enterrado.