Skip to content Skip to footer

Nagasaki, Japón

 

Un grupo de universitarios viajó desde Japón para depositar en Torreciudad esta representación de Nuestra Madre el día 26 de marzo de 2008.

INFORMACIÓN SOBRE ESTA ADVOCACIÓN

Inventio significa en latín “encontrar”. La Virgen tomó el nombre del hecho de “encontrar cristianos”.

En 1844, el Padre Forcade, de las Misiones Extranjeras de París, había llegado al puerto de Naja (Okinawa), pero no se le permitió entrar en Japón. Cuatro años después del tratado de Kamagawa (1858) se permitió al Padre Girard levantar la primera capilla católica, en Yokojama. Al año siguiente, en 1863, el Padre Furet construía la primera capilla católica en Nagasaki. El catolicismo llevaba en Japón unos cuantos siglos, pero no aparecían por ningún lado rastros de la antigua cristiandad que había fundado san Javier. Los misioneros vieron que tenían que empezar de nuevo la evangelización desde los cimientos.

Pero he aquí que el 17 de marzo de 1865, el Padre Petitjean, uno de los sacerdotes misioneros, se hallaba rezando en el pórtico de la capilla recién instalada en Nagasaki. Y de pronto un grupo de campesinas se le acercó y le preguntó: ¿Dónde está la imagen de Nuestra Señora la Virgen María? Estupefacto ante esta pregunta el misionero les preguntó a su vez: ¿Acaso sois vosotras cristianas?, ¿no queda ningún cristiano antiguo entre vosotros?, ¿no sabéis que aquí en estos montes fueron inmolados muchos japoneses, mártires de Cristo? Pero las campesinas no respondieron. Después de tantos años de persecución no se fiaban de nadie; sólo repetían: Enséñanos la Virgen María. Entonces el Padre las llevó al altar de su capillita donde estaba la imagen. Al verla se arrodillaron y empezaron a rezar: Dios te salve, María, llena de gracia… Al insistir el misionero, preguntándoles si eran cristianas, se contentaron con sonreír y con decirle: Tenemos el mismo corazón que tú. Sayonara.

Al poco llegó otro grupo de campesinas que volvió a suscitar la curiosidad del misionero; pero tampoco le contestaron si eran cristianas, sino que le dieron la misma respuesta.

Por fin, la tercera vez que vinieron, el Padre insistió para que contestaran si eran o no cristianas. Entonces las campesinas le hicieron tres preguntas para conocer si aquel extranjero tenía la misma fe que ellas, a través de sus antepasados, habían recibido de san Francisco Javier. La primera pregunta fue:

-¿Quién os envía?, ¿venís enviado por vuestro gobierno?
-No. El Vicario de Jesucristo, que manda sobre todos nosotros, es quien nos envía
-¡Ah, es el Jefe de la Gran Doctrina! Nuestros padres nos han hablado de El, que reside en Roma.

Prosiguieron con la segunda pregunta:

-¿Adoráis a la Virgen María como a Dios?
-No, la veneramos como a Madre de Dios.
-Es que hay otros padres que no aman a la Virgen. Son los que están en Yokojama.

Las mujeres se referían a los protestantes que habían llegado a Japón diciéndose continuadores de San Francisco Javier. Finalmente las campesinas le dirigieron la tercera pregunta:

-Enséñanos a tus hijos para que los acariciemos.
-Los sacerdotes católicos no tenemos hijos: nuestros únicos hijos son los cristianos.

Fue la señal decisiva. Al oírlo, cayeron de rodillas todas ellas. Con las manos juntas y la sonrisa en los labios le dijeron: ¡Padre, somos cristianas! Eran las tres señales que les habían dejado sus antepasados para conocerles: el amor a la Virgen, la obediencia al Papa y el celibato sacerdotal.