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Cecilia se encarga de una capilla domiciliaria de la Virgen de Torreciudad que rota en un grupo de familias de su ciudad, como es tradicional en muchas advocaciones marianas. Nos escribe para contar varios favores y milagros que Nuestra Señora ha obtenido de su Hijo en los últimos meses.

Nuestra Señora de Torreciudad me ha regalado en estos meses muchos favores que han cambiado mi vida y la de mi marido. Y también la de mi familia y amigos. Os cuento algunos.

1- LA PRIMERA VISITA A TORRECIUDAD

En septiembre de 2015 visitamos Torreciudad por vez primera, en agradecimiento por la mejoría en la enfermedad de mi marido y a pedirle a la Virgen por nuestros hijos, que andaban muy descreídos. Fue una gran experiencia espiritual. Cuando entramos a la capilla y vimos al Cristo, Él nos miró y nos caló el alma. Desaparecieron todas nuestras dudas y nos pusimos en sus manos. Y en las de la Virgen. Ella salvó al pequeño san Josemaría y ha salvado a nuestra familia y ha unido nuestro matrimonio como si de nuevo fuésemos unos jovencitos recién casados.
Amo especialmente a la Virgen, Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad, pues es una “Teotókos” (en griego, “que lleva a Dios”), una portadora y cuidadora de Jesús. Con toda humildad le sirve de trono, permaneciendo ella detrás, sencilla, con una leve sonrisa y una profunda mirada de amor a la humanidad y a cada uno de nosotros, de forma personal, como cada madre quiere a cada hijo de forma individual.
Si no habéis ido os animo a que vayáis y sintáis en el santuario la ternura, amor y comprensión que nuestra Madre nos regala sin pedir nada a cambio. Y eso siempre en segundo plano, mostrándonos a Jesús, verdadero Dios y perfecto hombre, siendo ella la Reina del Cielo. Ella vela desde su santuario en el Pirineo por todos los matrimonios y por todos los niños, por todas las familias. No nos olvidemos de rezarle y darle gracias todos los días.

2- LA SEGUNDA VISITA

Después nos propusieron ser Delegados de Torreciudad, y aceptamos encantados. Volvimos en los primeros días de marzo para participar en la Reunión Anual de Delegados, y estuvimos pidiendo mucho por un bebé de nuestra familia que tenía grandes dificultades para nacer. El bebé estaba sufriendo y la mamá tenía fiebre alta. La abuela estaba muy preocupada, no sólo por las dificultades del parto, sino porque su nuera es musulmana y habían pensado darle al bebé el nombre de Yüsif, que no le parecía a ella muy cristiano. Inmediatamente até una cinta en Torreciudad junto a la imagen de la Virgen con el nombre Yüsif para ofrecérselo a Nuestra Señora. Después de haber hecho un rato de oración en el templo, nos llegó de inmediato la noticia de que el niño había nacido y ambos, madre e hijo, estaban fuera de peligro. Un milagro maravilloso porque el peligro era muy grave, y madre e hijo estaban estupendamente, en perfecto estado de salud. Luego investigando, me enteré de que Yüsif es la traducción árabe del nombre de José. Y todos felices, nombre cristiano y árabe.

3- LA CAPILLA DOMICILIARIA

Tuvimos la inmensa suerte de que nos facilitaran una capilla domiciliaria, y con todo cuidado y amor nos la trajimos a mi casa. Los primeros días la tuvimos solo nosotros hasta poder organizarnos con esta tarea, pues todo esto era nuevo para nosotros. Rezábamos con ella y la teníamos en lugar privilegiado en el salón. En esos días nos tuvimos que traer a mi suegro a casa, pues estaba enfermo y no había quién le pudiera cuidar. Yo incluso tuve que pedir unos días de baja laboral, pues estaba fatal con dolores de espalda. Yo llevaba un año cuidando a mi marido y ahora, con mi suegro y el trabajo y la casa, llegó un momento en el que no pude más. Mi querido suegro padecía de enfermedad de Parkinson, y estaba además muy depresivo por temas familiares. Cuando nos vio rezando el Ángelus o el rosario, se unía a nuestras oraciones con mucha ilusión, y por la noche, al acostarla también le rezábamos a la Virgen las tres Avemarías y al Ángel de la Guarda.
El sábado fuimos a a arreglarnos a la peluquería y ella estaba muy contenta pues el domingo iríamos a Misa. La pobre no se acordaba ya cuánto tiempo hacía que no iba a misa. Yo calculo que unos veinte años.
El domingo, en misa, sentadita en su silla de ruedas, a mi lado después de la comunión, se puso a llorar desconsoladamente.
– ¿por qué lloras?
– Es que no puedo comulgar, porque no me he confesado.
– No te preocupes, que ahora hablamos con el sacerdote.
Al terminar la misa, el sacerdote, muy amablemente, la llevó a la sacristía, le administró el sacramento del perdón y ella salió con una sonrisa que le iluminaba la cara. El propio sacerdote la acercó al Sagrario y le dio la Comunión. Ella estaba tan contenta como una niña de primera Comunión.
Esto fue un verdadero milagro de la Virgen, pues a partir de entonces estaba deseando que la lleváramos a misa y vivió una intensa Semana Santa con nosotros.
Desgraciadamente empeoró de su enfermedad, y finalmente falleció este verano. Pero nos queda la alegría de saber que se fue en Paz y sin asuntos pendientes, habiendo recibido regularmente los sacramentos, con gran fe, esperanza y amor.
Después de tantos años alejada de la Iglesia la Virgen la acogió con su manto amoroso y se fue suavemente a los campos del Señor.