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En Torreciudad

Mi marido Marco era cristiano no católico y no practicaba la fe. Llevábamos 32 años de matrimonio y habíamos formado una familia de 9 hijos. Desde que lo conocí yo pedía a diario por su conversión. Visitamos el santuario de Torreciudad en marzo de 2018. Aparte de la belleza del entorno, a Marco le impactó fuertemente la historia y el sentido del santuario gracias a un amable guía que nos acompañó. A nuestra Madre de Torreciudad le pedí nuevamente por la conversión de Marco. También se lo encomendé a nuestro guía: que lo hiciera cada vez que nos recordara delante de Ella. De vuelta a Chile intercambié algunos correos electrónicos con él, quien me decía que seguía rezando por mi marido ante la Virgen de Torreciudad.

La enfermedad

En enero de 2019 Marco fue diagnosticado de un cáncer muy agresivo y de pésimo pronóstico. Después de recibir la noticia, sus primeras palabras fueron de agradecimiento a Dios por la enfermedad, pues así tendría oportunidad de prepararse. Y comenzó su proceso de conversión a la fe de la Iglesia Católica, empezó a ver la vida con una nueva perspectiva pues era consciente de que, en otras circunstancias, habría seguido viviendo de la misma manera. En parte, el temor de no estar preparado para morir le ayudó a avanzar más rápido, especialmente a valorar la relación con Dios: “me cambió la vida para bien”, nos dijo.

En febrero de 2019 fue operado en una clínica de Santiago de Chile, desde la cual se aprecia la cumbre del cerro san Cristóbal coronada por una imagen de la Virgen que domina la ciudad. Antes de entrar al pabellón quirúrgico, le pedimos a Ella por el éxito de la operación. Junto a algunos de mis hijos me quedé rezando el Rosario. El médico que lo iba a operar nos vio y con sus manos tomó las mías, diciéndome que me quedara tranquila. Esta primera operación de Marco fue exitosa. En plena recuperación, me pidió que le enseñara a rezar el Rosario. Así empezamos a hacerlo prácticamente todos los días, aunque inicialmente sólo por partes. La familia comenzó a encomendar también la curación a través de la intercesión de don Adolfo Rodríguez, sacerdote en proceso de canonización y que fue amigo de la familia.

No obstante, el proceso de quimioterapia no tuvo resultado positivo. Entonces, comenzó a tratarlo el párroco, de quien se había hecho amigo algún tiempo atrás. Con él se confesó por primera vez en su vida, e hizo la profesión de fe en nuestra parroquia, en la fiesta de Pentecostés. A principios de agosto de 2019, el obispo de la ciudad visitó a Marco en el hospital. Le administró el sacramento de la Confirmación y le impuso el Escapulario del Carmen. Desde ese día Marco cultivó la ilusión de morir un viernes, por la promesa de nuestra Madre de librar del purgatorio y llevar al Cielo, el sábado después de la muerte, a las almas que hubiesen vestido el Escapulario.

En brazos de la Madre

Consciente de la necesidad que tenía de la gracia de Dios para enfrentar la muerte, recibía todos los días la Sagrada Comunión con mucha alegría por parte de unas monjitas vecinas. Le escuché decir cuán contento estaba de que Jesús llegara a su propia casa a visitarle. También recibió la Unción de los Enfermos y, mientras pudo, visitaba al Señor en el Sagrario que está frente a nuestra casa. Allí pasaba largo rato, pues aprendió a hacer oración. Un amigo que lo trataba le preguntó qué era lo que más temía: señalándole una imagen de nuestra Señora, le hacía ver que temía no estar preparado para morir. Pero su inmenso progreso espiritual, habiendo realizado todo lo humana y cristianamente posible, nos dejó a todos claro que ya estaba maduro para partir.

Marco recibió la noticia de que le quedaban pocas semanas de vida con una gran serenidad y paz, como algo natural de la vida humana. Sus últimos días los pasó en su casa, rodeado del cariño de la familia y amigos, despreocupado de sí mismo y atento a que los demás tuvieran un buen pasar. Falleció el viernes 27 de septiembre de 2019.

La herencia

En mis 9 hijos quedó una huella imborrable de la humildad de Marco y de cómo se entregó a Dios en su enfermedad: enseñanza de fortaleza, alegría y de la gran oportunidad de ofrecer el dolor muy unido a la Cruz de Cristo. Cultivó fuertemente el temor de Dios. Puedo agregar unas palabras escritas por sus hijos, que resumen el lindo camino recorrido: “El papá nos dejó el tremendo legado de la formación que nos dio: alegría y amistad sincera, pasión por el trabajo honrado, dar lo máximo de uno, la familia siempre por delante. Pero el ejemplo de sus últimos meses de vida fueron probablemente el mejor ejemplo de una virtud que tenía algo escondida, pero que entonces se desplegó maravillosamente: su humildad. Humildad de dar un sí definitivo a Dios, confesarse por primera vez en su vida y dar testimonio público de la fe católica; humildad de descubrirse débil espiritualmente y querer recibir todos los demás sacramentos y gracias administradas por la Iglesia; humildad de querer avanzar en su piedad y vida espiritual y pedir que se le enseñara a rezar; humildad de dar el paso y reconciliarse con quienes en algún momento tuvo alguna diferencia. Y así se fue en paz: una paz que comenzó a reflejarse en su rostro a los pocos minutos de haber dejado este mundo”.

A sus 61 años aprendió a vivir bajo la protección de la Virgen. Estamos seguros de que todo lo que la familia rezó por él condujo a lo mejor que podía lograr: decir que sí a Dios. Y así murió, dejándonos una gran esperanza y seguridad de su salvación, y marcándonos claramente el camino hacia el Cielo. Estoy convencida de que nuestra visita a Torreciudad fue decisiva en ese itinerario, y quiero dejar escrito mi testimonio sobre este grandísimo favor de nuestra Madre.