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El pintor aragonés José Alzuet Aibar (Sádaba, 1928) ha aprovechado unos días de vacaciones en el Altoaragón para recoger algunos paisajes y localidades, “buscando lo más expresivo de cada lugar, reflejando el carácter de estas tierras”.

Alzuet tiene a lo largo de su amplia trayectoria varios reconocimientos, como la medalla de oro en pintura (1947), en la exposición concurso en memoria del maestro de Goya, José Luján. También tiene la medalla de oro en grabado al aguafuerte, recibida en el Salón de Artistas Aragoneses (1950). A lo largo de un coloquio con estudiantes celebrado en Torreciudad, Alzuet explicó que quiere “reflejar los colores sobrios de las tierras y los verdes, las manchas amarillas de los campos de girasoles, que hubieran hecho feliz a Van Gogh”.

Alzuet es también ahora un experto ceramista. En Torreciudad tiene varios trabajos. El Via crucis fue su primera obra en cerámica y también diseñó los dibujos y el color de los Misterios del Santo Rosario y de las imágenes de la Virgen que hay en las capillas de confesonarios. Para este artista, experto en cerámica, “mi resumen de esta estancia destaca que los pueblos están bien cuidados, y que se procura que las construcciones respeten los estilos preexistentes. Pienso que los constructores deben usar los materiales más adecuados, como he visto en el casco histórico de Aínsa”. Alzuet se muestra encantado del contraste del arbolado y los olivos con las tierras rojas, destaca las perspectivas desde la ermita de san Román, en La Puebla de Castro, los campos de olivo de Enate y Artasona.

Participante en varias exposiciones individuales y colectivas, Alzuet inauguró en 1978 la sala municipal “Pablo Gargallo”, y cuenta con otras muestras en localidades aragonesas y vascas. Con una dedicación de muchos años a la enseñanza de las artes plásticas, Alzuet explica que “además de tomar los apuntes del natural al oleo sobre lienzo, hago una fotografía del lugar para tener referencia a la hora de trabajar en el estudio”. Destacó también de su estancia altoaragonesa la luminosidad, que facilita que “las lejanías se vean muy bien”, así como la sobriedad del color y de la vegetación”. La situación y altura de algunas localidades, como Naval o El Grado, le suponen “un gran atractivo ante estos pueblos de frontera y de luchas”.