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Un sacerdote que celebró misa en la capilla del Santísimo, en la que se encuentra la escultura de Cristo que tanto mueve a la piedad, nos envía este poema que refleja bellamente su experiencia.

CRISTO DE TORRECIUDAD

¡Menudo susto me diste!
Estabas ahí, sobre el Sagrario.
Vivo, sereno, sufriendo por mí,
con esos ojos abiertos que miran,
pero no reprochan.
No estás retorcido como Grünnewald,
estás porque quieres, hermoso y doliente.

Yo me revestí de Cristo,
fui para el altar a decir tu Misa,
los gestos precisos; atención, oración.
Uno de los gestos aparta la Hostia
de la humilde patena.
Y entonces… en disco de oro, espejo precioso,
Tu imagen fue clara.
Allí yo te vi, y me sobresalté.

Sé que estas oculto en la Eucaristía,
que desciendes siempre cuando yo te llamo,
que te doy como vida;
pero verte sin velos me sobresaltó.
Paré un momento,
lógica de nuevo.

Ese fue tu regalo,
ni buscado, ni olvidado.
Ahí estás Tú cada día,
cada hora.
Y un día, vultum Tuum Domine requiram.
Te veré cara a cara, ya sin velos,
hambre de tus ojos.

Enrique Cases