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Celebramos un nuevo aniversario de la construcción del Santuario de Torreciudad, el 7 de julio de 1975. Ese sábado, una gran multitud peregrinó por primera vez al nuevo templo, que se inauguraba con una misa funeral por monseñor Escrivá de Balaguer. A las once en punto dio comienzo la celebración eucarística, en la que ofició como ministro principal el rector del santuario don José Luis Saura, ayudado por don Santos Lalueza, vicario general del Obispado de Barbastro y don Ismael Sánchez Bella, consiliario general del Opus Dei en España, entre otros presbíteros.

El fundador del Opus Dei había visitado el santuario en el mes de mayo de ese mismo año. El ayuntamiento de Barbastro le había concedido la medalla de oro de la ciudad y, por esta razón, pasó unos días en la zona. Eso le permitió ver el Santuario de Torreciudad prácticamente finalizado. Contempló el retablo, consagró el altar mayor, rezó el santo rosario… Nada anunciaba, ni nadie suponía que un mes más tarde, el 26 de junio, fallecería en Roma. Por esta razón, la inauguración del santuario, prevista para la primera semana del mes de julio, contó con un acto inesperado: las honras fúnebres por monseñor Escrivá de Balaguer.

La homilía pronunciada por Sánchez Bella constó de tres apartados bien definidos: la devoción a la Virgen del fundador del Opus Dei; Torreciudad es el primer santuario de la Obra en el mundo, pero habrá más; y el deseo de que haya muchos confesonarios, tal y como dejó escrito san Josemaría en una carta, fechada el 17 de junio de 1967, dirigida a él mismo.
Don Florencio leyó varios pasajes de esta carta, porque ahí se condensaba brevemente y con gran claridad las razones de la construcción del santuario. Se ha construido “para que muchas almas se purifiquen en el santo sacramento de la penitencia y confirmen o renueven su vida cristiana, aprendan a santificar y amar el trabajo llevando a sus hogares la paz y la alegría de Jesucristo”. En la cripta del santuario hay tres capillas, dedicadas a las advocaciones de Loreto, el Pilar y Guadalupe. En ellas están ubicados cuarenta confesonarios, con atención permanente en la capilla de la Virgen del Pilar.
La carta del fundador continúa: “Así recibirán con agradecimiento los hijos que el Cielo les mande usando noblemente del amor matrimonial, que les hace partícipes del poder creador de Dios: y Dios no fracasará en sus hogares, cuando Él les honre escogiendo almas que se dediquen con personal y libre dedicación, al servicio de los intereses divinos”.

También en esto se muestran ajustadas sus palabras, y como remedio eficacísimo a la crisis que se vive en tantos lugares del mundo, de manera particular en la vieja Europa, a la que Juan Pablo II invitaba a recristianizar.
“¿Otros milagros? –se preguntaba, a renglón seguido monseñor Escrivá- Por muchos y grandes que puedan ser, si el Señor quiere así honrar a su Madre Santísima, no me parecerán más grandes que los que acabo de indicar antes, que serán muchos, frecuentísimos y pasarán escondidos sin que puedan hacerse estadísticas”.
Las décadas transcurridas desde la inauguración del santuario nos confirman estas palabras. Han sido muchas las conversiones en su mayoría inadvertidas. Pero la gracia de Dios ha vivificado a miles de personas y muchos que llegaron como visitantes marcharon como peregrinos.
Sánchez Bella no leyó más párrafos de esta carta, pero pienso que resulta interesante para el lector acceder a esta información.

A continuación del párrafo citado, monseñor Escr