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El viernes 22 de agosto el violista Daniel Ibáñez (Navarra) y la organista Maite Aranzabal (Torreciudad) actuaron en el tercer concierto del Ciclo Internacional de Órgano de Torreciudad, unido al Festival “Clásicos en la Frontera”. El programa incluía obras de compositores del siglo XIX y XX formando un elenco muy original y pensado para el público.
La costumbre en el santuario de no aplaudir entre pieza y pieza, como sucede también en muchas iglesias, permitió a los intérpretes mantener un alto nivel de concentración y de entusiasmo en la ejecución que se contagió entre los asistentes, creando un clima especial de atenta escucha para el deleite musical.
El viola, habituado a tocar en orquestas -actualmente es viola de la orquesta del Teatro de Darmstadt (Alemania)- se adaptó enseguida a los diferentes timbres conseguidos con los 4.072 tubos del órgano de Torreciudad (Blancafort, 1977). Su ubicación entre los tubos del órgano de coro a su espalda y los del gran órgano enfrente produjo un efecto estereofónico muy comentado entre el público.

El programa comenzó con “Litany”, de Franz Schubert, obra en la que la viola utiliza su registro más grave para realizar una melodía de gran lirismo. Ibáñez demostró su gran virtuosismo en la “Romanza”, de Max Bruch, con un significado especial para él puesto que la ha interpretado en calidad de solista con la Orquesta Sinfónica de Gijón.

Siguieron cuatro de las siete canciones populares españolas de Manuel de Falla: “Asturiana”, “Canción”, “Nana” y “Jota”, escritas originariamente para voz y piano. En “Asturiana” la viola canta una melodía íntima y oscura que recuerda los valles brumosos de esa tierra. La “Canción” permitió escuchar la variedad de sonoridades de la viola, en su estado natural, con armónicos y con dobles cuerdas. La “Nana” es la más famosa de las canciones, en la que el ostinato binario del órgano sirvió de apoyo a la melodía ternaria de la viola. Como era de esperar, la fibra sensible del público, mayoritariamente aragonés, quedó “tocada” con la “Jota”, que desplegó la riqueza tímbrica del acompañamiento del órgano y la sonoridad de las castañuelas, utilizadas en dos momentos álgidos de la pieza.

Los intérpretes quisieron incluir la “Pastoral” de Jesús Mª Muneta, por el vínculo afectivo con Ibáñez, sobrino del compositor. Es un autor muy importante en Aragón que revitalizó la música en la provincia de Teruel, creando el conservatorio, un centro de documentación musical y otras instituciones en apoyo a la música.

Quizá la parte que más gustó a los asistentes fue el cierre del concierto, tres piezas del genial compositor navarro Pedro Iturralde. En palabras suyas, “mis obras expresan mi dilema y mi pasión por la música clásica, el jazz y la música popular.” El violista arregló las composiciones, escritas originariamente para clarinete y piano. “El molino y el río” está escrita sobre un tema popular vasco-navarro en el que se escucha la jota navarra y está presente el ritmo de zortzico. En esta entrañable obra se fundieron los orígenes de ambos músicos, Daniel (navarro) y Maite (vasca). La “Miniatura Impromptu” es una composición ecléctica que comienza y termina con un tema de gran lirismo, y que ofrece en la sección central un pasaje de jazz. La tercera pieza, “Vals y Krytis”, dos movimientos de la “Suite Helénica”, dejó un magnífico ejemplo de ritmos vivísimos y de las sonoridades de ambos instrumentos. El largo y merecido aplauso final tuvo como respuesta de los músicos la interpretación como Bis del “Libertango” de Piazzola.